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28 de agosto de 2007

Umbral, o sea.

Se ha muerto Umbral, el que fue a hablar de su libro, uno de los pocos columnistas de profesión literato. Como Capmany o Alvite o Alcántara. Mi relación de lector con Umbral fue extremista: de la fobia a la filia, por temporadas. La columna decaía a medida que la leías, hasta que como gotita de aceite la semántica la encandilaba y se venía arriba.

Sirva, como recordatorio de su estilo único, esta columna dedicada a la defenestración de Vidal-Quadras, publicada en El Mundo el 13 de septiembre de 1996:
Barnizada y barroca, toda perejiles y tipografía en los párpados, con los ojos abiertos sobre los ojos cerrados, cabeza de peluquería sangrienta, ilustrada de Aldo Pellegrini, pajarita de coágulos, cortado cuello del smoking negro, luto por sí mismo, en bandeja de plata con adorno catalán/valenciano de Lladró, la cabeza de Vidal-Quadras es el trofeo prematuro, definitivo y cruento que ilustrará ya para siempre el paso de Aznar por el Poder.
Sacrificó a uno de sus hombres más fieles, le rebañó la inteligencia con un abrecartas de La Moncloa, mandó peluquerizar aquel despojo y se lo ha remitido de vuelta al gran Pujol, por Seur, para que pongan la cabeza en una pica, plaza de Sant Jordi, junto a una antorcha encendida toda la noche porque ilumine de sangre y poderío el compartido trofeo de la infamia. El presidente Aznar, el liberal de Oropesa, no ha sido muy liberal con su hombre en Cataluña, y buena prisa se ha dado en buscarle picota a Vidal-Quadras, una a la medida, como los cuellos de camisa, para que no tire luego, no moleste al cadáver político. Hay que hacer las cosas bien. Aznar gobierna con quince escaños, que son los de Pujol, y le debe obediencia y muertos al virrey mediterráneo en su ciudad/Estado. Muy veneciano todo. A Vidal-Quadras lo pasean ya, muerto y de pie, vestido de traidor con clase, por el Gran Canal del Llobregat.
Sólo falta un poema neomodernista de Gimferrer, que nunca lo hará porque es formal. Aznar le está pagando en difuntos las deudas a Pujol. Aznar no es un gobernante ni un hombre de Estado, sino un monaguillo del rito meridional que compró su principado popular con promesas y doblonas, y ahora retira sus mejores hombres del ajedrez bergmaniano, más lo que le mande el banquero catalán, que hace bien en robarle los juguetes a este chico. Un Poder hipotecado es como una corona de aleación mala, como un oro con hoja, oro que se deshoja, trampa y cartón, plomo, lata y estaño entre el oro bajo. Los orífices de la mierda seca le han hecho un apaño al genovés de Valladolid para que juegue a mandar. Lo mismo que hoy ha entregado la cabeza noble, dura y sacrificada de Vidal-Quadras, puede entregar mañana el testiculario de un periodista más catalán que catalanista, o los ojos al plato de Pedro J. Ramírez, más los miles y miles que el barcelonés necesita para asfaltar el mar y curarse el tic. Pero la cabeza de Vidal-Quadras, esa cabeza, Dios, como la copa forestal y honrada de un político fiel e incómodo. Con una decapitación comienza el bajalato de este hombre, que tiene la crueldad de los bajitos y la fidelidad y el don de obviedad de los autistas. Con una decapitación en carne propia principia un reinado que no puede acabar bien, hasta que cabezas como almenas humanas y difuntas encastillen La Moncloa para que este principito sin talla se pasee por los ámbitos de un Poder hueco, esperando a cenar a ese Pujol que huele a puente aéreo.
Cree que está gobernando, pero sólo está obedeciendo. La fuerza del PP no está ya en Génova, sino que estaba en la honradez y la voz de Vidal-Quadras. Culpable o no, Aznar no le decapita por eso, sino por complacer al feudocatalán. Aznar ha matado a un hombre en el que creía y esto hace vil el crimen, negra su justicia. Se traiciona a sí mismo, mata sin convicción, mas con esmero, y ya desde ahora es traidor a su escudo, es traidor a sí mismo, está proclamado. Cabeza por cabeza, un día Pujol le devolverá la suya, la de Aznar, a Felipe González, sobredorada de crema catalana y versos de Verdaguer. La Venecia barcelonesa es cruel, renacentista y justa.

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