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18 de julio de 2006

De invadido se vive bien, o pobres santanderinos.

Cuando tú te vas de vacaciones, yo vuelvo. Y no me extraña que te dé miedo. Estuve en una preciosa tierra de la provincia que daba puerto a Castilla. Allí sí que pasas miedo: eres un invasor, pero te mueres de miedo. Los invadidos veranean por toneladas en el país de los invasores, de modo y manera que, mientras los puestos de prensa rebosan de Correos, Diarios Vascos y similares, te sacan La Razón de tapadillo. Igualito que a Blas de Otero en el franquismo.
Nosotros camuflamos el periódico entre el pan y la compra, mientras los invadidos, ¡pobres!, despliegan el Deia como si fuera la bandera de Sabino.

Ya digo, curioso fenómeno ese que ha convertido a la costa de Santander en el refugio invasor de los invadidos, destrozando, de paso, su belleza por cuatro perras. Además, como les tenemos tan oprimidos, cuando vienen con la suegra, preparan la barbacoa y te ahuman un rato. Y para transmitirnos su dolor de pueblo perseguido venga a gritar Pachi, aitá, korrikolari y Garbiñe.

Si Juan de la Cosa levantara la cabeza, se pediría ser invadido, ¿o se dice invadidu? Porque, eso sí, el cantabru ni tocarlo, que es el camino para dejar de ser invasor.

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- ¿quién fue?
- zETApé

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