¡A la calle! que ya es hora.

27 de junio de 2006

La vigencia de la evidencia

Para mi, en la actuación del Simplón de León y de Felipe González hay similitudes que me inquietan. En ambos casos, la posibilidad de descubrir algo perjudicial en grado sumo les impele a improvisar, en una huída en la que se llevarán por delante a quien haga falta. En el caso de González ya sabemos cómo era su armario, hemos conocido a algunos de los cadávares que en él escondía e intuimos por qué y para qué estaban allí. El armario de zETAp quizás no esté tan poblado como el de González, pero el día que los medios libres y los jueces y fiscales verdaderos (alguno quedará y si no ya llegará) consigan abrirlo del todo, aparecerá en toda su crudeza la calidad de los zombies que allí habitan.

Para ilustrar lo que digo, publico un artículo de Gabriel Albiac del año 1994, donde habla del temor que le produce un gobernante que es capaz de pringarse del modo que lo hizo para defender los negocios de su cuñado. En el momento presente, me bartuleo que la pérdida de dignidad y de sentido del ridículo de tantos Peces, siguiendo el caramillo de este flautista de pacotilla, oculta algo. Algo tan grave que dejará en naderías aquellos gales, filesios, aidas y roldanes. Dan escalofríos.

GABRIEL ALBIAC
TITULO:González en Puerto Hurraco
FECHA:21 de noviembre de 1994
TEXTO : Me sorprendo, cada día más, dándole vueltas a la sospecha de que nada entiendo. De cuanto sucede en el horizonte político de este país, me va quedando la caótica imagen de una novela negra demasiado enmarañada. Narración desordenada y arbitraria, al final de la cual sólo un dato parece firme: la demencial vileza de sus protagonistas. Hablo en serio: a mí, de este país encanallado de ladrones, cuñados y políticos, universalmente intercambiables, lo único que me apetece es bajarme cuanto antes.

No entiendo la grosera arrogancia con la cual un presidente de Gobierno, obsesionado por el travestimiento en jefe de Estado, se vanagloria de ser la columna sobre la cual todo el sistema institucional pivota. No entiendo que quien confunde así la institución con su yo mastodóntico pueda seguir rigiendo la administración de un país, en lugar de ocupar una habitación acolchada en un psiquiátrico confortable. Como no entiendo que quien se ha tragado crudas cosas como los crímenes de Estado del GAL, la extorsión de Estado de Filesa, la estafa de Estado de Rubio, el navajeo de Estado de la Expo, el robo de Estado de Interior/Roldán..., sufra ahora una apoplejía delirante por la revelación -comparativamente menor- de que el marido de su hermana se ha hecho de oro merced al parentesco. Extraño país, éste en el que, si se tercia, uno puede asistir impávido a acusaciones de asesinato múltiple, estupro o asalto a mano armada, pero saltará como una hiena si le rozan a la santa madre que lo parió. Rascas levemente y, bajo el barniz brillantón de la modernidad, salta la mugre de la España eterna: el clan. González enloqueciendo por Palomino es sublimación política de la bestialidad parental de Puerto Hurraco. Primacía de la sangre: al enemigo de la familia, navajazo en la tripa.
No entiendo. Es difícil entender que un dirigente político envuelto en tal cúmulo de basura no aprovechara una derrota honorable -la de las europeas pasadas-, para negociar su salida incruenta, mediante convocatoria electoral. Podía hacerlo. En este país esas cosas son sencillísimas: yo te adelanto las generales y tú me garantizas que al banquillo por corrupción no irá nadie más allá del nivel de los subsecretarios. No lo hizo. Ahora es, verosímilmente, demasiado tarde. Las posibilidades de ver terminar la carrera política como el amigo y maestro Bettino Craxi son demasiado altas. Craxi: condena judicial firme en Italia. Delincuente en fuga.
Y es eso lo que da miedo. Sólo un loco -o algo mucho peor que no me atrevo ni a verbalizar- puede atrincherarse así en un callejón sin salida. A mí, el destino de las neuronas del señor presidente se me da un comino. Lo malo es que no es sólo su salud mental lo que está apostando y perdiendo. Se juega también lo que no es suyo: el elemental derecho de este país a ser alguna vez algo más que un maldito banquete de tiburones.

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