¡A la calle! que ya es hora.

27 de julio de 2007

Gran artículo de Vidal Quadras en Chesterton


Aleix Vidal Quadras es un hombre brillante, un intelectual -éste sí-. Anoche lo escuhaba en El Gato al Agua, el excelente programa de debate de IntereconomíaTV, y me sorprendía su exaltación a la hora de defender la absoluta opacidad de las cuentas de la Monarquía Española. Afirmaba -con cerrazón y vehemencia, en mi opinión- que con saber que el dinero que los Presupuestos Generales asignaba a la Casa Real era «para cubrir el cuidado y necesidades de la familia real» era más que suficiente. Me parece que es la única vez que le he escuchado argumentar sin los ídem.

No obstante lo anterior em permito colgar hoy aquí -tal y como prometía a Milola- el artículo de Vidal Quadras, que se publicó este mes en la gran, magnífica, excelente, Chesterton. Se titulaba EL REGRESO A LA PATRIA, y decía lo siguiente:
En el discurso político de los dos grandes partidos de la España de hoy, la palabra "patria" está prácticamente ausente y tan evocador vocablo sólo aparece en las encendidas soflamas de los nacionalistas periféricos. Es decir, que las dos principales formaciones del arco parlamentario no la consideran adecuada y los particularistas la utilizan inadecuadamente. Sin embargo, su verdadero significado, tal como ha sido perfilado por el cincel de la Historia, contiene varios importantes elementos que precisamente faltan en la concepción que la mayoría de nuestros conciudadanos tienen del proyecto colectivo que supuestamente comparten, y así nos va. Aunque suele citarse la célebre frase del doctor Johnson que descalifica el patriotismo como el último refugio de los canallas, hay que hacer notar que la invectiva del crítico inglés iba dirigida a los canallas, no al patriotismo. La retórica del patriotismo y la del nacionalismo presentan rasgos comunes que, en ocasiones, hace muy dificil el establecimiento de una distinción clara entre ambos, pero, tal como demuestra la crisis de sistema que estamos viviendo actualmente en nuestro país, es de la máxima urgencia deslindar las bases conceptuales y éticas de uno y otro si deseamos contrarrestar las tensiones centrífugas que nos desgarran. Orwell señaló con contundencia que "el nacionalismo no debe confundirse con el patriotismo" ya que "representan ideas diferentes e incluso opuestas". No es extraño que un pensador tan centrado en el combate intelectual contra los totalitarismos se esforzara en marcar con nitidez esta línea de separación.

De manera muy esquemática, se puede afirmar que un patriota se compromete en la defensa de un conjunto de valores enaltecedores, tales como la libertad, la justicia y la igualdad, para el conjunto de sus conciudadanos con el fin de alcanzar para su país los mayores niveles de prosperidad, prestigio y seguridad posibles, y un nacionalista considera prioritarias la afirmación y la preservación de características identitarias de tipo étnico, lingüístico o religioso, con el propósito de conseguir la total homogeneidad cultural de la sociedad a la que pertenece. Por supuesto, estas son categorías ideales y la realidad es algo más compleja. Un nacionalista puede pensar y actuar a veces como un patriota y un patriota puede verse arrastrado por el ardor nacionalista, pero al final se trata de una cuestión de énfasis o de jerarquía axiológica. Incluso ciertos estudiosos del nacionalismo establecen dos clases distintas de esta doctrina política, un llamado nacionalismo étnico, basado en la raza, el idioma y las tradiciones culturales y religiosas, y un nacionalismo cívico, que pone el acento en el cultivo de los principios democráticos, la solidez de las instituciones, la solidaridad entre los miembros del cuerpo social y el cumplimiento de las leyes.Cabe, pues, un enfoque reduccionista que contemple el nacionalismo como un fenómeno único que arranca de una cierta etapa del pasado -la Antigüedad clásica, según Hans Kohn, la aparición de las monarquías absolutas europeas en el siglo XVI, según Liah Greenfeld- y que ha ido adoptando a lo largo de los siglos diferentes modalidades, o una interpretación a mi juicio más precisa, que propone al patriotismo de los griegos y los romanos como el origen de la vinculación de los individuos a una entidad jurídico¬politica cuya grandeza procuran y que les proporciona protección bajo normas justas, y al nacionalismo romántico que surge a finales del siglo XVIII como el arranque de los numerosos particularismos étnico-lingüísticos que desde entonces se han empeñado en la construcción de naciones mediante procesos de unificación o de fragmentación. Francamente, un esquema evolutivo que sitúa a Cicerón y a Herder dentro de un mismo género, si bien no en la misma especie, dista de ser satisfactorio. Maurizio Virolli ha afirmado, con razón, que "el lenguaje del nacionalismo moderno apareció como una adaptación o transformación del lenguaje del patriotismo, por la cual palabras como `patria' y expresiones como `amor a la patria' adquirieron un nuevo significado, mientras que ideas como unidad cultural o étnica, de las que el patriotismo republicano nunca habló o trató como menores en comparación con temas tan trascendentales como la libertad común, asumieron un papel central". En los difíciles y perturbadores momentos que estamos atravesando en España, hemos de practicar un patriotismo que consista en oponernos firmemente a la discriminación, a la exclusión y a los privilegios territoriales impuestos mediante la coacción invocando los derechos colectivos de nacioncillas imaginarias, para exigir el respeto de los derechos individuales civiles y políticos de todos los españoles. No tenemos ninguna obligación de aceptar que la búsqueda de la homogeneidad cultural y lingüística por parte de unos en determinadas Comunidades se haga a costa de la libertad de otros.

El patriotismo se caracteriza por el ejercicio y la promoción de las virtudes cívicas, que implican un activismo político altruista y una subordinación de los intereses privados al bien superior del país entendido como una colectividad de hombres y mujeres libres. Obviamente, los lazos creados por la historia, la tradición, la lengua y la cultura facilitan la cohesión y las ceremonias y celebraciones civiles deben incluir los componentes emocionales y estéticos que refuercen el sentimiento patriótico, pero siempre en el bien entendido que los valores auténticamente relevantes son de naturaleza universal y que no sólo no nos separan de otras gentes con color de piel, costumbres, hablas y creencias distintas, sino que nos unen a una humanidad cuyos integrantes tienen derecho sin excepción a la dignidad, al bienestar material y a la autonomía personal. Nos vinculamos a una patria concreta, pero al servirla impulsamos un ideal que la trasciende. El objetivo de ser "un solo pueblo", como reclamaba el eslogan popularizado por Jordi Pujol, oculta el riesgo de la limpieza étnica o, como mal menor, de la asfixia del pluralismo. El patriotismo pugna incansable por el triunfo de la libertad apoyado en la identidad; el nacionalismo, en cambio, avasalla con la identidad en detrimento de la libertad.

El peligro del patriotismo es que degenere en nacionalismo, tentado por la tremenda eficacia movilizadora de la apelación narcisista a la unicidad y superioridad de lo propio y de la hostilidad instintiva al que es diferente. En la política democrática hay que ganar elecciones y los escrúpulos para copiar al adversario pueden ser un estorbo desde una óptica estrictamente utilitarista. Una determinada fracción del socialismo español tan intelectualmente endeble como moralmente anómica, ha decidido recientemente pasarse al bando nacionalista y renunciar a la articulación de un saludable patriotismo de izquierdas. La senda estrecha entre la fría racionalidad de los principios universales asumidos objetivamente por individuos desprovistos de cualquier rasgo "identificador" y el desbordamiento de la pasión tribal que desemboca en el racismo asesino y las deportaciones en masa ha de ser transitada por los patriotas sin perder sus raíces territoriales y Culturales, pero sin elevarlas a un rango supremo por encima de la libertad o del respeto a los derechos fundamentales. La combinación equilibrada del amor a lo que somos con la entrega sin reservas a lo que debemos ser, de lo particular que nos ata a lo instintivo con lo universal que nos proyecta hacia la racionalidad y de la devoción a lo que nos singulariza con la apertura hacia lo que nos eleva y nos dilata espiritualmente, es la marca del genuino patriota. En definitiva, menos naciones con minúscula y más Patria con mayúscula si queremos seguir contando en el mundo y continuar progresando en el interior.

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