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29 de noviembre de 2006

Perfil de Gregorio Ordóñez

Gregorio Ordóñez, junto a la diputada de HB en la Cámara vasca y ex miembro de ETA Begoña Arrondo

Siempre en el límite
GERMAN YANKE
Gregorio Ordóñez nació en julio de 1958 en Caracas en el seno de una familia de trabajadores y residía en San Sebastián desde 1962. Yo le conocí y le traté entonces y le recuerdo pequeño de tamaño, con una abundante pelambrera negra, siempre activo y nervioso, sin guardarse una palabra en el magín, como si desde muy joven antepusiera el ser como el quería ser a la prudencia que considera las consecuencias de cada dicho o hecho.
Eran aquellos años -el final del franquismo- los primeros en los que los muchachos de su edad hablaban y discutían públicamente de política, campo en el que Ordóñez parecía tener, como en todo, unas cuantas y contundentes ideas. Fue siempre «de derechas» y defendió constantemente, hasta el último encuentro que tuvimos hace algunos meses, un «foralismo» en el que a menudo la pasión y el afán por diseñar un modelo distinto y contrario al nacionalismo no dejaba mucho espacio a los fundamentos históricos o a las graves disquisiciones constitucionales.
Le perdí luego de vista cuando, coincidiendo con la muerte de Franco y el comienzo de la vorágine de la transición, marchó a estudiar periodismo en la Universidad de Navarra. Me llegaban de vez en cuando noticias de sus aventuras (que lograba matrículas de honor, que estaba cerca de los carlistas, que se había afiliado a AP...) pero que siempre mantenían algunos rasgos definitorios: una inmensa capacidad de trabajo, una rara honestidad consigo mismo, ciertas reacciones desmedidas, un sentido del humor a veces agrio, refractario a determinadas ironías.
Me lo encontré de nuevo cuando, vuelto yo de periplos más lejanos, estaba ya metido de lleno en la política. Podía verlo en polémicas constantes y en aventuras arriesgadas pero me costaba trabajo imaginarlo en la política cotidiana. Pienso que, al menos hasta que se acostumbró a ello, él mismo se sorprendía e insistió siempre, cada vez de forma más retórica, en que era un «amateur». No hay duda de que pasó por la política más enrabietado por lo que no le gustaba que encandilado por modelos racionales de organización social: aseguraba que, al volver a San Sebastián, no pudo aguantar que «la ciudad estuviera dominada por unos pistoleros», se sentía en las antípodas del nacionalismo, recelaba de las ideologías y acuñó aquel lema famoso de «paz, progreso y bienestar» que presidió su carrera política.
CONCEJAL EN SAN SEBASTIAN.- A comienzos de 1982 fue elegido presidente de las Nuevas Generaciones y Secretario Técnico de AP en Guipúzcoa. Al año siguiente encabezó la candidatura en las elecciones municipales y fue elegido concejal en San Sebastián, ayuntamiento en que presidió la Comisión de Legalidad Urbanística. Comenzó pronto a conocer los sinsabores: su estilo no gustaba a la tradicional derecha donostiarra, su concepción heterodoxa del partido chocaba a menudo con los planes de su formación política, su oposición a la falta de autonomía de AP en el País Vasco le colocó enfrente de algunos importantes dirigentes. Como nunca calló ni pareció querer limitar lo que para tantos eran excesos fue expulsado y tuvo que leer en la prensa un anuncio en el que la derecha tradicional aconsejaba no votarle.
Pero ni desde posiciones políticas antagónicas podía discutirse que Ordóñez era el motor de su partido ni negar su habilidad para hacerse presente en la opinión pública o su trabajo cotidiano en el ayuntamiento descubriendo intereses concretos a los que sumarse y de los que, poco a poco, fue obteniendo numerosos apoyos. Así, era imprescindible que encabezara de nuevo la candidatura conservadora en 1987, tras la que desempeñó la Delegación de Turismo y la representación del Centro de Atracción y Turismo donostiarra. Todas estas campañas, incluida la de 1991 en la que el PP obtuvo un sorprendente 15% de los votos y que le situó en el gobierno municipal como primer Teniente de Alcalde, tuvieron un marcado carácter personal, se alejaron en ocasiones hasta de la grafía general de su partido e insistían en la sinceridad y en la eficacia de un pequeño grupo de jóvenes políticos. Pudo ampliar la base de su partido pero recelaba tanto de la dependencia de la organización como del río de nuevos afiliados y, exigiendo años de militancia y trabajo a quienes quisieran ocupar los primeros cargos públicos, se oponía a que las listas dieran cobijo a los recién llegados, por muy valiosos que parecieran, o a los que el PP buscaba acomodo. Fiel a los amigos que le acompañaron desde el comienzo era el indiscutible líder del PP en Guipúzcoa y trabajaba con una autonomía en acciones y declaraciones a la que ni los más recelosos del PP vasco, que eran muchos, se sentían con fuerza para oponerse.
En 1990 consigue ser el primer parlamentario vasco del PP por Guipúzcoa después de que el año anterior fuera elegido presidente del PP en ese territorio. Desde 1991 ha sido portavoz de su partido en el País Vasco y miembro de la Junta Directiva Nacional del PP. Unos cargos y otros, y el estar siempre dispuesto tanto a la gran declaración pública o a la pequeña e incómoda tarea interna, le hicieron si cabe más imprescindible: en 1993 los populares le ratifican en la presidencia con el 98% de los votos y hace apenas unos días fue proclamado como candidato del partido a la alcaldía de San Sebastián.
VALIENTE CONTUNDENCIA.- La unanimidad con la que le apoyaba su organización se convertía en polémica de puertas a fuera, a nadie dejaba indiferente y menos con la dureza y la espontaneidad con la que a menudo juzgaba a sus adversarios -ahí está la querella interpuesta contra el alcalde Elorza- o la valiente contundencia con la que se opuso a ETA o a quienes dieran a la organziación terrorista apoyo por acción u omisión.
Pero el personaje público con voz característica siempre presta a las declaraciones, a veces en el límite, tenía su rostro humano menos conocido. En nuestro último y fugaz encuentro, junto a la playa de La Concha, le pregunté si la política era de verdad apasionante. Con un deje de melancolía respondió: «Sobre todo es agotadora...» y como si quisiera dejar constancia de que otras cosas eran más fundamentales añadió: «...pero ahora estoy casado y tengo un hijo que no me lo merezco». O puedo recordarle diciéndome entre carcajadas que discrepábamos en todo menos en «lo fundamental». A mí ahora me tiembla la pluma y reparo en lo fundamental que era que él y yo, y tantos otros, pudiéramos discrepar en todo, sin este incomprensible y atroz hachazo del terrorismo.
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Germán Yanke es escritor y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO DEL PAIS VASCO

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