¡A la calle! que ya es hora.

10 de marzo de 2006

La nación de la (s)OPA Boba

"Corría el año 801, d.C., cuando un ejército al mando de Ludovico Pío, rey de Aquitania, llegó hasta la ciudad de Barcelona. Su intención era asegurar un territorio intermedio que impidiera que los musulmanes, que habían invadido España unas décadas antes, pudieran penetrar ahora en territorio de los francos.

De esa manera se creó el Condado de Barcelona y, de forma harto significativa, en los documentos de Ludovico Pío se distinguía entre sus súbditos, denominando, a unos, francos, y, a otros, españoles. Eran precisamente españoles los que vivían en condados como el de Barcelona, Ausona, Ampurias o Urgel, que eran feudos del Ducado de Septimania y, por lo tanto, del reino franco. Así, en un precepto dado por Ludovico Pío en abril del año 815 y destinado a la protección de los habitantes del Condado de Barcelona y otros condados subalternos se hablaba literalmente de los españoles Juan, Sintila y un largo etcétera y, sobre todo, se dice algo enormemente interesante sobre los habitantes de lo que ahora denominamos Cataluña: “muchos españoles –señala el documento citado– no pudiendo soportar el yugo de los infieles y las crueldades que éstos ejercen sobre los cristianos, han abandonado sus bienes en aquel país y han venido a buscar asilo en nuestra Septimania o en aquella parte de España que nos obedece”.

En el documento, como era de esperar, no aparece la palabra Cataluña, que tardaría varios siglos en surgir, ni el término catalanes, porque se trataba de una idea aún inexistente. Sin embargo, si se hace referencia a que esa zona territorial formaba parte de España y sus habitantes eran españoles. Durante los siglos siguientes, en esa zona dominada por los francos y denominada por ellos Marca Hispánica, se fueron reuniendo bajo el mando del conde extranjero de Barcelona algunas de las comarcas liberadas.

Sin embargo, ni la Marca era independiente ni lo era el Conde Barcelona ni tampoco se denominaba Cataluña a aquella zona. De hecho, hasta el año 1096 la familia de los Condes de Barcelona fue de origen extranjero y, con la excepción de Berenguer III, que se casó con María, la hija del castellano Cid Campeador, los matrimonios siempre se contrajeron con mujeres de algún lugar al norte de los Pirineos. En el año 1137, un Conde Barcelona llamado Ramón Berenguer IV rompió con esa tradición seguida durante siglos por sus antecesores y contrajo matrimonio con la princesa aragonesa Petronila. De esta manera, el Condado de Barcelona, que no era Cataluña ni una nación catalana ni tenía pretensión de serlo volvió a reintegrarse en el proceso de Reconquista de una nación española que había estado a punto de desintegrarse por completo, a causa de la invasión islámica. Tanto fue así, que el hijo de Petronila y Ramón Berenguer IV fue rey de Aragón, y siguió el orden de los reyes aragoneses, pero nunca fue rey barcelonés, porque no existía tal monarquía, ni tampoco fue rey catalán, porque Cataluña nunca fue reino, ni mucho menos existió ese espectro inventado que algunos llaman Confederación Catalano-Aragonesa. En 1260 Jaime I se titulaba REy de Aragón, Valencia y Mallorca, pero tan sólo Conde de Barcelona y Urgel. En 1412, en la sentencia dictada por los compromisarios de Caspe, Catalañua aparecía ya, pero como una de las tres grandes provincias de Aragón, siendo las otras dos, Valencia y Aragón. Esa Cataluña, que no era nación, y que formaba parte de la Corona de Aragón, volvió totalmente a su lugar histórico cuando se produjo con los Reyes Católicos la reunificación de España en 1492.

Durante los siglos siguientes Cataluña y los catalanes se sintieron hondamente españoles, como el resto de españoles participaron en la Guerra Civil de inicios del siglo XVIII, que algunos ahora intentan falsamente presentar como un conflicto independentista catalán. Como el resto de españoles intervinieron en la Guerra de la Independencia contra el invasor francés y, por supuesto, también lo hicieron en las guerras carlistas, apoyando a monarcas españoles. Todos ellos, incluido el famoso Casanova, se consideraron únicamente españoles y jamás miembros de una nación distinta de España y llamada Cataluña. De hecho, nadie cuestionó hasta finales del siglo XIX que Cataluña fuera otra cosa que un pedazo querido de la nación española. Para llegar a semejante despropósito histórico, hubo que esperar al nacimiento del nacionalismo catalán, que seguiría a lo largo del siglo XX una trayectoria que puede calificarse de todo menos de ejemplar, y que ha ido desde su apoyo a la aniquilación de la monarquía parlamentaria a inicios del siglo XX, a los intentos actuales de acabar con la Constitución surgida durante la transición. En la base de sus acciones está una idea totalmente desmentida por la Historia y negada por la Constitución, pero no ello menos afirmada por el nacionalismo, la de que Cataluña es una nación y siempre ha sido una nación."

(transcricpción de un extracto del editorial de César Vidal el pasado 7 de marzo de 2006)

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